Hay noticias que uno nunca quiere escribir.
No porque falten las palabras. Al contrario. Sobran. Se amontonan unas sobre otras como hojas arrastradas por el viento de un otoño que nadie esperaba. Pero ninguna parece tener el peso suficiente para sostener el dolor de una ausencia. Ninguna logra explicar ese silencio que de repente se instala entre quienes compartieron un tramo del camino con alguien que ya no volverá.
Los que trabajamos en los periódicos vivimos contando la vida de los demás. Somos, en cierto modo, notarios de lo cotidiano. Damos voz a las alegrías y a las desgracias ajenas, relatamos inauguraciones, denuncias, éxitos, fracasos, victorias y derrotas. Aprendemos a escribir sobre todo aquello que sucede alrededor, procurando que nunca se note demasiado nuestra presencia.
Porque el buen periodista siempre prefiere permanecer detrás de la noticia.
Hoy, sin embargo, la noticia nos golpea de frente.
Y, por desgracia, lleva el nombre de un compañero.
De un amigo.
Hoy tenemos que escribir sobre David.
Y ojalá nunca hubiera llegado este día.
La muerte tiene la desagradable costumbre de presentarse sin pedir cita previa. Llama a la puerta cuando menos se la espera y, a veces, ni siquiera llama. Irrumpe como un vendaval que arranca de cuajo el árbol que parecía más fuerte del bosque, dejando tras de sí un claro imposible de llenar.
Un infarto repentino. Dos palabras capaces de romper conversaciones, proyectos, rutinas y futuros en apenas un instante.
David nos ha dejado demasiado pronto. Muchísimo antes de tiempo.
Y quienes tuvimos la suerte de conocerle sentimos hoy esa mezcla amarga de incredulidad, tristeza y rabia que acompaña siempre a las despedidas inesperadas.
Porque David no era únicamente un periodista.
Era David.
Y quienes le conocimos sabemos perfectamente la diferencia.
Ejercía su profesión con la discreción de quienes entienden que el periodismo no consiste en hacerse notar, sino en contar bien las historias de los demás. En tiempos donde demasiadas voces buscan convertirse en protagonistas permanentes, él pertenecía a esa especie cada vez más escasa de periodistas que preferían escuchar antes que hablar.
Su firma aparecía en Noticias para Municipios y como corresponsal de Europa Press pero detrás de cada información había mucho más que un profesional solvente.
Había una persona. Y esa persona era extraordinaria. David era cercano. Era educado. Era amable.
Era de esas personas que nunca necesitaban levantar la voz para hacerse escuchar.
Siempre dispuesto a echar una mano. Siempre con una palabra correcta. Siempre con una sonrisa sincera.
En este oficio, donde tantas veces las prisas sustituyen a la paciencia y la competencia amenaza con devorar el compañerismo, David representaba exactamente lo contrario.
Era de esos compañeros cuya presencia hacía mejores las largas esperas.
Porque quienes cubrimos la actualidad municipal sabemos que el periodismo no solo se escribe delante del ordenador o con una libreta entre las manos. También se construye en los pasillos de los ayuntamientos, en la puerta de los juzgados, en interminables ruedas de prensa que empiezan tarde y terminan aún más tarde, en las conversaciones improvisadas mientras esperamos a que ocurra algo digno de convertirse en noticia.
Y es precisamente en esos tiempos muertos donde uno descubre quién merece realmente la pena.
Con David compartimos muchas de esas esperas.
Momentos aparentemente insignificantes que, vistos desde hoy, adquieren el valor inmenso de las pequeñas cosas irrepetibles.
Compartimos risas. Comentarios irónicos sobre la actualidad. Confidencias. Silencios cómodos.
Porque con algunas personas el silencio nunca resulta incómodo.
Simplemente acompaña.
Fuera de la libreta y del micrófono vivía otra de sus grandes pasiones: El rock.
David llevaba música por dentro. Tenía alma de batería.
Y quizá no exista mejor metáfora para definirle.
Porque el batería rara vez ocupa el centro del escenario. No suele llevarse los focos. No busca el protagonismo del cantante ni los aplausos del guitarrista cuando ejecuta un solo imposible.
Pero sin él la canción pierde el pulso. Pierde el ritmo. Pierde el corazón. Eso era David.
Uno de esos corazones discretos que sostienen muchas cosas sin hacer ruido.
Y ahora que el ritmo se ha detenido, comprendemos hasta qué punto era importante.
La vida tiene una ironía especialmente cruel.
Durante años David escribió sobre la actualidad de nuestros municipios, sobre la vida de cientos de personas que, por uno u otro motivo, se convertían en noticia.
Seguramente nunca imaginó que un día sería él quien ocuparía titulares.
Y, conociéndole, probablemente habría preferido que nunca ocurriera.
Pero hoy no escribimos sobre un periodista. Escribimos sobre un amigo. Sobre un hombre bueno.
Sobre alguien cuya mayor noticia fue siempre la calidad humana que dejaba en cada conversación, en cada saludo y en cada gesto.
Dicen que una persona muere dos veces. La primera cuando deja de respirar. La segunda cuando deja de ser recordada.
Si eso es cierto, David seguirá viviendo durante mucho tiempo.
Vivirá en quienes compartimos redacciones improvisadas en las calles.
En quienes coincidimos una y otra vez detrás de una cámara, una grabadora o una libreta.
Vivirá en quienes escucharemos durante mucho tiempo el eco de su risa en esos lugares donde tantas veces coincidimos.
Vivirá en cada compañero que lo recuerde hablando con respeto de los demás.
Vivirá en quienes tuvieron la fortuna de llamarlo amigo.
Desde LA VOZ DE LEGANÉS queremos trasladar nuestro más sentido pésame a su familia, a sus amigos, a sus compañeros y a todas las personas que tuvieron el privilegio de compartir un pedazo de vida con él.
Pero también queremos decir algo que quizá nunca le dijimos con suficiente claridad.
David, te respetábamos. Te admirábamos.
Valorábamos profundamente tu profesionalidad, tu honestidad y tu forma de entender este oficio.
Y, por encima de todo, apreciábamos a la persona. Porque el periodismo necesita buenos profesionales. Pero, sobre todo, necesita buenas personas. Y tú reunías ambas cualidades con una naturalidad que parecía sencilla, aunque sabemos que no lo era.
Hoy el periodismo local pierde una firma. El rock pierde uno de los suyos. Y quienes tuvimos la suerte de cruzarnos contigo perdemos un compañero de camino.
Nos dejas un vacío difícil de explicar.
Un hueco que no llenará ninguna acreditación colgada al cuello, ninguna rueda de prensa ni ninguna exclusiva. Pero también nos dejas algo infinitamente más importante. El recuerdo de tu sonrisa. De tus palabras siempre amables. De tu educación. De tu cercanía. De tu ejemplo.
Hay personas que hacen mucho ruido mientras viven y apenas dejan eco cuando se marchan.
Y existen otras que caminaron siempre con discreción, pero cuya ausencia resuena como una campana en el corazón de quienes las conocieron. Tú pertenecías a estas últimas.
Allá donde quiera que estés, amigo, ojalá hayas encontrado una redacción sin prisas, un escenario donde siga sonando el mejor rock y un lugar desde el que puedas seguir observando el mundo con esa mirada serena que siempre te acompañó.
Gracias por tanto. Gracias por tu amistad. Gracias por tu ejemplo. Gracias por haber hecho de este oficio un lugar un poco más digno.
Te recordaremos. Siempre.
Que la tierra te sea leve.



